Kamis, 20 Oktober 2011

José Miguel García: "Si no podía ser el mejor poeta, sería el primero"

ElPeriódico.com
Jueves, 20 de octubre del 2011
Núria Navarro Periodista

Los otros no siempre son como los percibimos. Detrás de un vendedor de seguros puede esconderse el primer poeta del milenio. Es el caso de José Miguel García (Gor, Granada, 1970).


-Es usted peculiar. Para empezar, no nació en un hospital.
-Nací en la cueva de mis abuelos maternos, en Las Viñas de Gor, a 1.250 metros de altura. ¡El campo en toda su brutalidad! Vine de nalgas, el médico se mareó, me sacó mi abuela y me metió en una palangana. Resucité a la media hora, con el brazo roto. Tengo un yo troglodita.


-Las cuevas son inseguras.

-Es el terreno el que puede ser inseguro, no las cuevas. Son casas normales con unas condiciones térmicas constantes -18 grados-, buena acústica y algo de magia. Cuando se iba la luz, mi abuela prendía el candil de aceite y venía andando y yo veía cómo se iba acercando entre las sombras.


-¿Ese origen marca?

-Marca, sobre todo, porque de aquel mundo rural pasé a la Montcada industrial. Veía el Besòs y el Ripoll que bajaban de colores según los residuos de las químicas. Y tanto en la ruralidad radical como en el polígono, había gente que sentía.


-¿De ahí su aspiración poética?

-Mi aspiración era ser delineante industrial en la fábrica de cableado en la que trabajaba mi padre.


-¿De veras?

-De veras. Solo que a los 5 años leí unos versos sobre Granada de Rubén Darío en un libro de texto. Los copié en una libreta y el profesor llamó espantadísimo a mi madre pensando que los había escrito yo. Luego fui leyendo a otros poetas, que me daban la posibilidad de ver paisajes a través de la palabra, más allá de aquel horizonte de fábricas. A los 12 años empecé a escribir, para mí.

-Hasta entrar en la historia como el primer poeta del tercer milenio.
-Hice una veintena de poemas en tres horas y los reuní en un libro que titulé Yo, el primer poeta del siglo XXI, cuyo prólogo escribió Oriol Fort, el concejal de Cultura de Mollet. Lo presenté en el Centre Cultural Andaluz en el primer minuto del 1 de enero del 2001. Si no podía ser el mejor del mundo, pensé, al menos sería el primero. Como todos celebraban la Nochevieja, bajo los efectos del alcohol, me compraron muchos ejemplares.

-Buena estrategia.
-Pero había que comer cada día. Tuve que trabajar y mucho. De peón, de guardia de seguridad, de comercial de una caja y ahora de delegado de una importante compañía de seguros en Sant Cugat. Pero seguí escribiendo poesía...

-¿Lo siente como un fracaso?
-No. Es que no soy un buen poeta. Poetas son Valente, García Montero, Salinas. Yo soy un poetastro. Lo único que puedo aportar es mi visión personal, para que, si un día me da un patatús, alguien vea que hice una intentona de pensar sobre mí, el mundo y los sentimientos. Pero la mía es la poesía de la desexperiencia.

-¿Desexperiencia, dice?
-No tengo experiencia en absolutamente nada. Soy completamente desexperienciado.

-Oiga, ¿entre un seguro y un verso hay parecidos?
-En un seguro hay mucha poesía. Se mueve entre lo que crees que puede pasar y lo que realmente pasará. Habla de la vida, de la muerte, de los incendios, de los escapes, de las roturas, de la vejez. Un seguro se hace para que lo malo pase de una manera más leve. La seguridad es el sueño del hombre.

-La seguridad paraliza las aventuras. También la literaria.
-La verdadera obra del hombre reside en su quehacer diario. Ser ordinario es la mejor manera de ser extraordinario. Si todos nos dedicáramos al trabajo y a la familia sin tener a los demás como referencia, llegaríamos mucho más lejos. «Ojalá te ayude a respirar y arder sin dejar rastro», decía José Val del Omar, un poeta que me interesa tanto como María de Jesús de Ágreda, monja del siglo XVII. Yo prefiero que los sueños me alcancen por sorpresa al acostarme.

-Guau. ¿Desde dónde escribe usted?
-Desde el colapso. Todo lo que escribes se acaba convirtiendo en un plagio permanente. No hay nada que alguien no lo haya escrito mejor que tú. De hecho, todo el mundo habla de cosas repetidas. Y ha llegado un punto en que uno no sabe distinguir la belleza.

-¿Quién diría que es?
-Un simple vendedor de seguros que, de momento, escribe algún que otro poema.

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